Transformar el miedo en liderazgo: jóvenes construyendo la paz en Honduras
Jóvenes construyen la paz en Honduras, reduciendo la exposición a la violencia y fortaleciendo espacios seguros en sus comunidades.
“Al inicio, las personas adultas de nuestro propio barrio no confiaban en nosotros”, recuerda Ester Anai, de 18 años, del barrio Nueva Capital, una comunidad vulnerable ubicada en las afueras de Tegucigalpa y marcada por el control de grupos criminales. “Creían que, por ser jóvenes y por la fama del barrio, éramos parte del problema”.
Durante años, jóvenes como Ester fueron vistos más como un riesgo que como agentes de cambio. La violencia, el estigma y el miedo profundizaron la distancia entre generaciones, mientras la ausencia de espacios seguros empujó a muchos adolescentes y jóvenes a permanecer encerrados en sus casas, como una forma de protegerse del reclutamiento forzado y, en muchos casos, del desplazamiento forzado.
Esta realidad comenzó a transformarse cuando Ester se integró a los talleres del proyecto Protegiendo Mi Barrio, implementado por ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, y Save the Children, con el apoyo financiero del Fondo de Consolidación de la Paz de las Naciones Unidas (PBF, por sus siglas en inglés), con una inversión de USD 2 millones. Allí, Ester encontró un espacio donde pudo expresarse libremente y ser escuchada. “Si no fuera parte de la red juvenil, probablemente seguiría sola en casa todo el día”, cuenta. “Ahora participo en actividades deportivas y practico boxeo. Eso me ayuda a liberar el estrés y a mantenerme enfocada”.
Con el tiempo, estas actividades dejaron de ser únicamente recreativas y se convirtieron en una herramienta para fortalecer el tejido comunitario. Las y los jóvenes comenzaron a visitar a sus vecinos, a organizar juegos comunitarios y a generar espacios seguros de encuentro entre personas adultas y jóvenes para dialogar sobre los problemas del barrio. “Al principio, las madres y los padres no sabían qué esperar”, explica Ester. “Pero cuando vieron que organizábamos actividades para sus hijos e hijas y recuperábamos espacios públicos que antes estaban abandonados, empezaron a confiar. Hoy nos invitan a sus reuniones y nos preguntan cómo pueden apoyar”.
Actualmente, Ester y otros miembros de su red participan activamente en reuniones de protección comunitaria y en espacios de diálogo con autoridades locales, aportando ideas para mejorar la seguridad en su entorno.
“Cuando otros jóvenes me ven participar, sienten curiosidad y quieren sumarse”, dice. “Todas y todos queremos ver a nuestra comunidad cambiar para bien”.
En Honduras, muchas personas jóvenes crecen en contextos marcados por la violencia, la exclusión y la falta de oportunidades. En barrios como San Miguel y Nueva Capital, la ausencia de espacios seguros y la amenaza constante obligan a niños, niñas y adolescentes a limitar su movilidad, abandonar la escuela para evitar zonas controladas por grupos criminales o incluso considerar huir de sus comunidades para escapar de amenazas de reclutamiento forzado o extorsión.
Estas dinámicas han provocado miles de casos de desplazamiento forzado. Entre 2004 y 2018, se estima que 247,000 personas fueron desplazadas internamente por la violencia en Honduras, y el 43 % eran niños, niñas y adolescentes, según un estudio nacional realizado por las autoridades hondureñas con el apoyo de ACNUR y Joint IDP Profiling Service (JIPS). Muchas de estas personas jóvenes estuvieron expuestas directamente a amenazas, extorsión o reclutamiento forzado por parte de grupos criminales.
A través del proyecto Protegiendo Mi Barrio, jóvenes de zonas de alto riesgo se han organizado para fortalecer la seguridad comunitaria, impulsando actividades como jornadas de limpieza, murales, festivales culturales y espacios de mentoría para la niñez y adolescencia. Más allá del arte y el deporte, estas redes juveniles identificaron zonas inseguras, promovieron acciones colectivas para habilitar espacios seguros, mejoraron el alumbrado público, recuperaron áreas comunitarias y facilitaron el diálogo entre vecinos y autoridades locales. Al transformar los espacios públicos y promover la conversación, contribuyeron a reducir tensiones y a reconstruir la confianza, sentando las bases para comunidades más pacíficas.
Como resultado, se crearon y fortalecieron diez redes juveniles en comunidades afectadas por la violencia en Tegucigalpa, La Ceiba, San Pedro Sula y Choloma, que impulsan herramientas de prevención del conflicto mediante arte, grafiti y deportes como boxeo y fútbol, previniendo el reclutamiento forzado y promoviendo la paz, al tiempo que fortalecen el liderazgo juvenil y garantizan que sus voces sean escuchadas en la toma de decisiones locales. Estas redes participan activamente en espacios locales de toma de decisiones, incluyendo la formulación de Planes Municipales de Acción para la Prevención de la Violencia, comités de seguridad comunitaria y el Consejo Municipal de Garantía de Derechos de la Niñez y Adolescencia. Como resultado de esta articulación, propuestas impulsadas por las juventudes fueron integradas en el Plan Operativo 2025 del Consejo del Distrito Central, que asignó 400,000 lempiras para su implementación.
Kendy, de 20 años, del barrio San Miguel —otra comunidad controlada por grupos criminales— también forma parte de una de estas redes. Para él, integrarse marcó un antes y un después. “Ser parte de la Red Juvenil Presión me ayudó a crecer, a fortalecer mi autoestima y a imaginar mi futuro de otra manera”, cuenta. “Me dio claridad sobre lo que quiero hacer, y por eso decidí estudiar Trabajo Social, para seguir apoyando a mi comunidad”.
Antes de sumarse, Kendy se sentía inseguro sobre su futuro. Hoy participa activamente en la organización de actividades comunitarias y encuentros juveniles donde se identifican necesidades locales y se proponen soluciones concretas, como la creación de rutas seguras para niñas y niños que caminan hacia la escuela o los centros comunitarios. A través de estos espacios de consulta, la red de San Miguel contribuyó a la elaboración del Plan Local de Paz y Convivencia, logrando que propuestas como la mejora del alumbrado público y la rehabilitación de una cancha deportiva fueran incorporadas y financiadas con fondos municipales. El plan también priorizó talleres de emprendimiento y habilidades digitales para jóvenes, en coordinación con la Oficina Municipal de la Juventud, el gobierno local y las instituciones estatales de protección.
“Antes pensábamos que no podíamos cambiar nada”, reflexiona Kendy. “Hoy sabemos que cada acción cuenta. Ya no nos ven solo como un peligro, y eso nos impulsa a seguir”.
Este sentido de propósito compartido ha motivado especialmente a mujeres jóvenes a asumir roles de liderazgo. Más de la mitad de las 101 personas jóvenes que integran las redes juveniles son mujeres, muchas de las cuales hoy lideran grupos comunitarios y participan activamente en espacios de diálogo con madres, padres y autoridades. El impacto también se refleja a nivel institucional: los gobiernos municipales de Tegucigalpa (Distrito Central), San Pedro Sula y Choloma coordinan ahora directamente con las redes juveniles para integrar sus propuestas en planes locales de seguridad y convivencia. A nivel nacional, el proyecto fortaleció la articulación con la Comisión Interinstitucional para la Prevención del Desplazamiento Forzado (CIPPDV), que ha reconocido a estas redes como una buena práctica de prevención comunitaria de la violencia.
“Construir paz no es solo reducir la violencia, sino reconstruir la confianza entre comunidades e instituciones”, señaló Kathryn Lo, Representante de ACNUR en Honduras. “En varios barrios hemos visto cómo madres, padres y autoridades trabajan junto a las redes juveniles en acciones de prevención, algo impensable hace algunos años. Jóvenes que antes eran excluidos hoy lideran procesos de cambio, conectan generaciones y articulan a distintos actores”.
Desde Save the Children Honduras, Mariano Planells, Director Ejecutivo, destacó que, a través de Protegiendo Mi Barrio, más de 650 niños, niñas y jóvenes han participado en procesos de formación, mentoría e iniciativas comunitarias que ofrecen alternativas reales a la violencia. En San Miguel, líderes comunitarios perciben una reducción sostenida de muertes violentas entre jóvenes en los últimos dos años, generando un clima comunitario más favorable para que la juventud prospere y contribuya positivamente.
Con el apoyo financiero del Fondo de Consolidación de la Paz, a través de la Comisión Nacional de Deportes (CONDEPOR), las iniciativas lideradas por jóvenes se han consolidado como un ejemplo institucionalizado de prevención comunitaria de la violencia. La apertura de instalaciones deportivas públicas y la asignación de personal y entrenadores voluntarios como parte de la programación regular de CONDEPOR reflejan apropiación nacional y sostenibilidad, asegurando que los avances del proyecto continúen más allá de su duración.
Para Ester y Kendy, este respaldo se traduce en cambios concretos. Ester hoy participa activamente en su comunidad y es escuchada por personas adultas que antes desconfiaban. Kendy trabaja para que otros niños y niñas crezcan en entornos más seguros. Sus historias muestran que, cuando la juventud cuenta con apoyo institucional y comunitario, la paz comienza a construirse desde las comunidades, creando entornos más seguros para todas las personas.
Esta historia se enmarca en el proyecto Protegiendo Mi Barrio, financiado por el PBF, que en Honduras cuenta con una inversión de USD 15.4 millones, distribuida en una cartera de siete proyectos vinculados al diálogo y la prevención de conflictos, la participación ciudadana, y el acceso a la justicia y los derechos humanos.