“Muchas veces no tenemos nada para comer”

Con la pandemia, Marlene y su marido perdieron sus trabajos y medios de vida para mantener a sus cuatro hijos. Los huracanes empeoraron una situación ya difícil

“Antes de la pandemia teníamos trabajo, pero luego todo se cerró. No podíamos salir a trabajar y traer alimento para nuestros niños”, dijo Marlene.

Ella vendía pastelitos y cuidaba de los niños, mientras que su esposo trabajaba como albañil y ganaba unos US$10 por día. La COVID-19 restringió su movimiento y acceso a oportunidades laborales. Posteriormente él fue contratado por una señora cerca de la comunidad para hacer jardinería y otros oficios, pero los huracanes Eta e Iota destruyeron esa casa y nuevamente quedó desempleado.

El testimonio de Marlene confirma los nuevos datos de un reciente análisis de la inseguridad alimentaria aguda de Clasificación Integrada de las Fases de la Seguridad Alimentaria (CIF)el cual arrojó que entre el 30% y el 40% de los hogares en varios departamentos en Honduras están afrontando la actual crisis restringiendo el consumo de alimentos a adultos para dárselos a los niños, reduciendo el tamaño de las porciones de las comidas, así como los tiempos de comida, y comiendo alimentos menos nutritivos o más baratos. Incluso algunas familias se han visto en la necesidad de vender sus activos productivos, lo que impacta directamente en sus medios de vida.

Cuando su hija más pequeña enfermó y no tenían dinero para comprar medicamentos, la familia comenzó a dedicarse a recoger chatarra, botes y latas. Luego de recorrer su comunidad por muchas horas, consiguen reunir hasta 5 libras de chatarra, pero por cada libra le pagan 2 lempiras, o sea 8 centavos de dólar.

Con esa paga Marlene compra una libra de harina de maíz, prepara tortillas y se las da de comer a sus hijos con sal o compra una bolsita de café y azúcar.

“Les doy un poquito de café y mejor los pongo a dormir porque no tengo nada más que darles”, dijo Marlene, y agregó que “es muy difícil ver a tus hijos con hambre y no tener nada que darles”.

"Yo les doy raíces y hierbas a mis hijos", dice Marlene.

Llega la asistencia humanitaria

Marlene junto a sus cuatro hijos luego de recibir la ración del WFP. De izq. a der.: Cinthia (la mayor), José (camisa roja), Jordin y Génesis.

Gracias al apoyo de los países donantes, el Programa Mundial de Alimentos (WFP, por sus siglas en inglés) ha brindado asistencia alimentaria a los grupos más vulnerables de Honduras a raíz de la pandemia y de los efectos de los dos huracanes. La asistencia alimentaria se ha distribuido bajo las modalidades de tarjetas de alimentos, transferencias de efectivo y raciones de alimentos a mujeres jefas de hogar, niños, niñas, adultos mayores, la comunidad LGBT+ y personas con discapacidad que se encuentran en inseguridad alimentaria severa.

Si no hubiera recibido esta ración de alimentos, Marlene asegura que al día siguiente habría tenido que alimentarlos con “montecito cocido”.

Marlene es una de las 70.000 familias (o sea 350.000 personas) que están siendo apoyadas por tres meses consecutivos con raciones de 120 libras de alimento nutricionalmente balanceado para cinco personas. Las nuevas contribuciones que se reciban permitirán alcanzar a más familias, especialmente aquellas que se encuentran en territorios donde aún existe una brecha de atención por la falta de recursos.

“Dios nunca lo desampara, hoy recibí este saco de comida, y solo tenía un poquito de frijoles, pacaya cocida [una especie de palma] y una tortilla para darles”, dijo Marlene, mientras sus hijos Cinthia, José, Jordin y Génesis acomodaban los alimentos en la despensa. “Si no hubiera recibido este alimento, montecito cocido les hubiera tenido que dar mañana”, agregó.

El futuro sigue siendo incierto

Aunque Marlene agradece la ayuda de alimentos que sirve para paliar su situación, le preocupa que su esposo y ella aún no consigan trabajo.

“Este mes mi esposo solo ha trabajado tres días [ha ganado US$30 en total], y mi sueño es que mis hijos estudien para que tengan una vida mejor. Pero ahora ya van para la escuela y no tengo ni un peso para comprarles útiles ni zapatos”, expresó Marlene.

La grave situación les forzó a intentar emigrar. Marlene, su esposo y sus cuatro hijos se unieron a la caravana de migrantes que partió rumbo a los Estados Unidos a mediados de enero de 2021.

“La caravana era nuestra única opción; lo vimos como una oportunidad”, dijo Marlene.

Se estima que entre 6.000 y 9.000 personas entraron a Guatemala el 16 de enero en esta caravana, según el Foro Nacional de Migración, la Oficina para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA) y la Organización Internacional de las Migraciones (OIM).

El sueño de Marlene y su esposo era obtener un buen trabajo para alimentar a sus hijos y darles una vida mejor, así como terminar su casa en la aldea de Quimistán, departamento de Santa Bárbara. Sin embargo, fueron retornados desde Chiquimula, Guatemala.

“Me dio mucho temor, y todo se complicó. Nos tuvimos que regresar y aquí estamos de nuevo”, manifestó Marlene.

Ser devuelto en Guatemala fue un duro golpe para la familia.

A pesar de que la caravana de migrantes no consiguió su objetivo, le preguntamos a Marlene si volvería a intentar irse. Dijo que sí. Sin embargo, sostuvo que no habría necesidad de migrar si tuvieran un trabajo para poner alimentos en la mesa de sus hijos todos los días y darles lo que necesitan.

 

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Hetze Tosta
Periodista Humanitaria
PMA
Hetze Tosta
Entidades de la ONU involucradas en esta iniciativa
PMA
Programa Mundial de Alimentos